Solo futbol base

OFREZCO NIÑO , BUENO Y BARATO

Nos complace enormemente publicar éste gran artículo en exclusiva para SOLOFUTOLBASE escrito por José Francisco Mendi, Presidente de la Sociedad Aragonesa de Psicología Deportiva (SAPD) , que en las fechas que estamos cobra máxima actualidad y que os recomedamos como de obligada lectura

Ofrezco niño, bueno y barato

 

Un trastorno, poco habitual, que analizamos en psicología es el denominado como “doctor shopping”.

Se trata de una acepción coloquial, importada de Gran Bretaña, que hace alusión a un tipo de paciente que nunca está satisfecho con el diagnóstico que hacemos los psicólogos (o médicos) y, en consecuencia, acaba cambiando reiteradamente de profesional hasta que encuentre alguien que “de verdad le comprenda” y garantice la existencia o gravedad de un problema o enfermedad.

 Pero el verdadero problema es que, por muchas pruebas que se haya hecho nuestro paciente, siempre se descarta una patología ya que, de existir, es psicológica y persigue únicamente asegurar y manifestar a su entorno dicha “enfermedad” bien para recabar una atención o como victimización a través de esta somatización.

 Y me dirán, con razón, ¿qué tiene que ver esto con el fútbol? Más de lo que nos parece.

 Al finalizar las competiciones del fútbol base se suceden, año tras año, una serie de movimientos ansiosos que afectan a todos los estamentos de este deporte. A las estructuras directivas de los clubes, a los entrenadores y, por supuesto, a los niños y sus padres. O a los padres y sus niños. La mezcla de deporte con un exceso de competitividad mal entendida y aderezada a su vez con un modelo de negocio que mueve (no que dé) mucho dinero es un compuesto peligroso.

Nos movemos en un escenario de escasa estabilidad deportiva y económica. El voluntariado se confunde con la precariedad y son escasos los ejemplos de regularidad en cualquiera de los estamentos del fútbol base.

Si todos estos factores ya son de por sí complejos, la ansiedad de los padres por ver a sus chicos en los mejores clubes y en las más nobles categorías dificultan aún más el aprendizaje de los niños. Por eso, cuando me hacen la pregunta ¿debo cambiar a mi hijo de club?. Año tras año siempre respondo lo mismo: como norma no.

Creo que suelo ser convincente con los mismos argumentos del fútbol. Los campos de fútbol base rebosan de “ojeadores” dispuestos a encontrar una “pepita de oro futbolística” entre el río revuelto de centenares de jugadores. Si su hijo es muy bueno, que seguro que lo es, alguien entendido lo verá juegue donde juegue. Así que pensemos más en el niño y menos en nosotros. Un chico o chica que juegue al fútbol base debería hacerlo en un equipo que esté cerca de su casa o de su colegio o de ambos. Debería jugar con sus amigos aunque a estas edades es muy fácil hacer amigos detrás de un balón. De ahí que, antes de tomar una decisión que sólo está justificada en nuestro “ego” de padres, debamos pensar más en ellos que en nosotros, es decir juntos.

Nos podemos sentir atraídos por un entrenador de renombre, por una camiseta de prestigio o por una prometedora carrera que solo existe en nuestro corazón. Pero no nos engañemos. Meditemos un momento lo que nos va a costar llevar a nuestros hijos a entrenar y jugar. Las horas y el dinero que vamos a destinar a esos viajes y que lo vamos a detraer de esa convivencia, del estudio y a veces de sus otros amigos.

 Pensemos que cuando vamos o nos vamos de un club porque está o deja de estar determinada persona (sean directivos, entrenadores u otros padres) resulta que a la vuelta del verano, en septiembre, todo ha cambiado en este mundo tan etéreo del fútbol y al inicio de los entrenamientos con nuestro equipo ya nada es lo mismo respecto a nuestras expectativas. Así que hagamos sólo nuestros planes que son los de los chicos. Seguro que unas temporadas tienen mejores entrenadores que otras, mejores o peores directivos y ¿por qué no? mejores o peores compañeros de equipo que les harán sufrir o gozar con el balón compartiendo padres y madres, más o menos simpáticos, que llegarán a ser unos amigos encantadores fuera del fútbol o insufribles componentes del grupo de WhatsApp. Todo eso y más.

No muy diferente a lo que ocurre en nuestra comunidad de vecinos o en nuestro trabajo, donde compartimos un proyecto común en el que nuestras vidas, la de nuestra familia e hijos, es lo más importante. Vuelvo a poner un ejemplo que reitero en esas dudas que me asaltan como psicólogo deportivo en un club de fútbol. Esta nueva temporada vamos a compartir parte de nuestra vida en un piso de estudiantes que es el equipo donde va a jugar nuestro hijo. No estamos obligados a pensar lo mismo ni a ser amigos para siempre. Pero sí queremos que nuestros hijos estén en buenas manos y aprendan un deporte maravilloso que, además, nos apasiona a muchos mayores.

Pero no olvidemos que los protagonistas son ellos y no nosotros. Y al igual que cuando crezcan no querrán que les digamos lo que deben estudiar o de quién deben enamorarse ahora tampoco debemos inmiscuirnos en su desarrollo personal y deportivo. Sencillamente ayudémosles haciendo que su aprendizaje sea cómodo y correcto. Cuidado con los cantos de esas sirenas futbolísticas que nos prometen una vida deportiva llena de éxitos en otros clubes.

Algunos nos pueden utilizar como cebos para atraer a otros niños que sí son los que interesan. Otros ofrecen un “pack” completo de jugadores que van de la mano de un “entrenador” con pulsera de “todas las posiciones incluidas” que utilizan al grupo y la amistad irrompible para el camión de mudanza de club a club. Será tan efímera como útil y en un año ese niño habrá perdido tiempo, amigos y, lo que es más importante, la ilusión. Lógicamente la norma tolera algunas excepciones, ya que si un niño no es feliz lo más seguro es que no lo sea, no porque no esté en el club y la categoría que desea, sino porque no juega al fútbol y, por lo tanto, no aprende.

Afortunadamente la preparación profesional de los entrenadores y cuerpo técnico ha ido evolucionando a mejor. La próxima ley del deporte de Aragón regulará algunos de estos aspectos y las condiciones que deben reunir tanto entrenadores como cuerpo técnico. También la mayor presencia de la psicología deportiva en esta disciplina nos ayuda a conjugar los criterios deportivos con los del crecimiento personal para que la mentalidad de un niño crezca con el fútbol y no sólo aprenda fútbol. Es un deporte apasionante en un ambiente que requiere sensatez y tranquilidad.

Los padres y madres no debemos ser agentes ni vendedores de niños buenos, bonitos y baratos. Dejemos eso a los profesionales. Nosotros vamos a darle importancia a los protagonistas, que no son las camisetas, los clubes, los entrenadores ni los directivos. Tampoco los otros padres y madres. Ni siquiera el resto de niños.

Así que, de cara a la próxima temporada, en lugar de ofrecer  ya a su magnífico jugador en “oferta” al mejor postor o impostor piense un momento en su hijo. Y sólo en él.

Un día se lo agradecerá.

 

José Francisco Mendi

Presidente de la Sociedad Aragonesa de Psicología Deportiva (SAPD)

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