Solo futbol base

FUTBOL ATENTO

Los sentidos nos relacionan con el mundo, pero es el cerebro el que se comunica con él. Es una experiencia que hemos vivido o sufrido en multitud de ocasiones. Oímos pero no escuchamos, miramos pero no vemos y estamos pero no estamos. A nuestro cuerpo la naturaleza lo ha diseñado para gastar la menor energía posible en el funcionamiento más básico. Así conserva el depósito lleno por si tiene que salir corriendo ante cualquier alimaña. Este comportamiento, que hemos heredado de nuestra evolución, nos permite seguir vivos a diario y no desgastarnos con una excesiva atención a todos los estímulos que suceden a nuestro alrededor. Es mejor que tengamos preparada la respuesta, por si la bocina de un vehículo nos advierte del riesgo inminente para nuestra vida. Ahí sí, en milisegundos, se activan todos los mecanismos de la atención y la concentración para evitar que estas bestias del siglo XXI se nos coman. Pasado el susto seguimos con la rutina. No podríamos vivir siempre así y podríamos morir si no pudiéramos responder así.
Una de las demandas básicas de los entrenadores a sus jugadores es que estén atentos y concentrados. Es algo básico. La capacidad de seguir el juego, y sus normas, se instala en la niñez cuando la diversión lo único que importa. Hasta los 4-5 años no resulta fácil implantar reglas. Y mucho menos seguirlas. Los adultos nos divertimos mirando a los más pequeños cómo persiguen en tropel un balón, disparan hacia su propia portería o siguen corriendo más allá de las líneas del campo. El desarrollo evolutivo comienza por ordenar el juego, los turnos etc. Pero son los niños y niñas de etapa escolar infantil los que suelen crear sus propias reglas. Todo esto se va organizando en la escuela, en casa y también en el club de fútbol cuando comienzan los primeros encuentros sobre el césped. Antes de llegar a la categoría de benjamines ya se ha asimilado el código deportivo básico. A partir de aquí vamos a pedir, a los chicos y chicas, que jueguen estando atentos al entrenamiento y al partido. En esa segunda fase de desarrollo, que oscila entre los 5 a 7 años, la atención se ha instalado pero no así la concentración. Es fácil ver cómo jugadores de estas edades atienden a multitud de estímulos que deambulan cerca del campo. Y esa variabilidad, natural, es la que debemos convertir en atención cercana. Es decir, en los estímulos que se mueven en el juego y con el juego. No que estén cerca del juego. Esa capacidad para interpretar lo que pertenece al fútbol y lo que no, es la diferencia entre atención y concentración. De ahí que el papel de las familias a la hora de asistir a entrenamientos y, por supuesto, partidos sea definitiva para que podamos ayudar a los futbolistas a focalizar su atención en el juego. Un campo de fútbol no es un burladero desde donde vemos correr a 16 o 22 becerros con trazas de jugadores. Hay una gran diferencia entre animar y aplaudir o sacar continuamente pequeños capotes verbales para distraer o dirigir a los pequeños cabestros por donde queremos los mayores. Ya me disculparan el tono de humor. Pero seguro que ayuda a entender la idea que quiero transmitir.

En el fútbol once, a partir de la etapa infantil, llega el momento de definir la concentración deportiva como un valor de competición. Es un valor superior de la atención. Si la atención hace referencia a la dirección del foco de nuestra percepción, la concentración se relaciona con la intensidad de luz de dicho foco. Son conceptos complementarios. La capacidad de competición en el fútbol, y en cualquier deporte, dependerá de la habilidad para enseñar y aprender a discernir el momento y las situaciones idóneas para fijar la atención en cualquier situación de un partido. Aquí podemos y debemos intervenir, desde la psicología deportiva, para que el jugador sepa discernir las tres situaciones diferentes sobre las que debe aplicar su capacidad de concentración en el fútbol. La primera, y más importante, consiste en concentrarse en todo aquello que depende del jugador. Lo que llamamos foco interno de concentración. La segunda situación que debe contemplar el futbolista es conocer todos los aspectos del juego sobre los que puede influir, aunque no dependan estrictamente de él. Y finalmente debe conocer, también, todo aquello que no puede controlar y que por lo tanto se encuentra en un foco de concentración externo. Veamos un ejemplo en defensa. El realizar un determinado pase de salida de balón depende del jugador, mover su posición en una zona de marcaje puede influir en el juego y que un jugador contrario sorprenda con un disparo desde lejos, muy fuera del área, no está bajo su control. Imaginen la cantidad de situaciones y estímulos sobre los que podemos trabajar para mejorar el rendimiento deportivo a través de la concentración segmentada gracias a la psicología deportiva. Ahora lo ideal es que se concentren en terminar bien el año y comenzar mejor el que viene. Feliz fútbol.

José Mendi
Presidente de la Sociedad Aragonesa de Psicología Deportiva (SAPD)

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