Solo futbol base

FUTBOL BLACK FRIDAY

La necesidad de guardar cosas proviene de nuestro instinto de supervivencia. Comenzamos por prever la escasez de alimentos en ausencia de buen tiempo o de animales que echarnos a la boca y a la de nuestra prole y terminamos por acaparar los edamames congelados en el supermercado. Siempre viene bien recordar nuestra evolución, desde los homínidos, para conocer de dónde venimos y por qué tenemos determinados comportamientos. Con el desarrollo social y cultural esas conductas básicas se han vuelto más complejas. Y cuando hay un desajuste o un trastorno mental, surgen patologías extrañas que deben ser tratadas. Así que coleccionar objetos es natural y hasta divertido. Puede ser un “hobby” o algo más serio. Lo hacemos para satisfacción propia o porque tenemos una tienda de antigüedades. Quizás sea nuestra válvula de escape y nos lleve al reconocimiento del resto del mundo ya que tenemos la colección más completa de “bolas de nieve” africanas de todo el planeta. Apasionante. En el fútbol los cromos de nuestra niñez han dado paso a las series con las fotos de nuestros hijos que podemos pagar, pegar, editar y guardar. Así conviven, al mismo nivel, las estrellas del fútbol con nuestras estrellas.

Junto a este coleccionismo deportivo y fotográfico tenemos otro más real y menos brillante. La serie de trofeos y prendas de nuestros hijos que decoran las estanterías y armarios. Allí podemos encontrar variados tipos de camisetas, escudos y mochilas deportivas. Con una característica que las has hacen únicas. Cada pieza corresponde a la estancia en un club. Estamos ante un museo colorista digno de una especie que hoy analizamos: futbolistas por el mundo (de los clubes). Es un tema que, por recurrente, cuesta asimilar a los padres-representantes de los pequeños futbolistas. Nadie vería muy lógico que cada año cambiáramos a nuestros hijos e hijas de colegio para buscar uno mejor. No para que el chico estudie más ni para que haga nuevos amigos. Sino porque quizás en ese obtenga una mejor titulación en la ESO. Nos importa poco que a los pequeños futbolistas les obliguemos a cambiar de amistades cercanas, les hagamos más kilómetros de desplazamiento, les llevemos a perder horas de estudio al tener que ir a la otra punta de la ciudad. Todo por verlos jugar en un club más digno. Aquí surge la pregunta ¿dónde está la puntuación de nivel en los diferentes equipos? ¿y quién la otorga? Por muchas causas que intentemos buscar, la respuesta casi siempre está en sus padres. Pero con un agravante. Si hurgamos un poco en las razones de este peregrinaje, la decisión suele ser la que creemos que nos conviene y no la que les conviene a los chicos. A partir de aquí se desarrolla un comportamiento que en psicología denominamos “doctor shooping”. Una traducción del inglés nos diría algo así como “ir de compras”. Algo muy apropiado ahora que nos agobian con el consumo sí o sí antes de la navidad. No vaya a ser que se agote todo la semana que viene. Aunque esta publicidad agresiva para compras compulsivas nos demuestre que el resto del año pagamos de más. En fin, a lo que vamos. Nos referimos en psicología (o en medicina) a ese comportamiento patológico de pacientes que van de psicólogo en psicólogo buscando al que les diga lo que quieren oír. Y no la verdad. Necesitan encontrar a quien les confirme la patología que ellos ya sabían que tenían para así justificar el cambio. Como ven aplicable al fútbol y a muchos aspectos de la vida. Si preferimos escuchar lo que ya pensábamos de antemano, antes que la verdad, tenemos un problema. La romería de los niños que peregrinan bajo el mando de sus padres para cambiar de equipo es incesante. Muchos padres ejercen como profetas del fútbol, al ser los únicos elegidos para adivinar el Apocalipsis de su hijo como profesional de este deporte si no es capaz de progresar adecuadamente tal y como ellos indican. Y para eso nada mejor que cambiar de club, año tras año, hasta que llegue… ¿¡donde yo quiero!? El final de esta historia es tan viejo como conocido y solo conduce al abandono del fútbol y del deporte. Una práctica sana podrá ser sustituida, probablemente, por alternativas bastante menos edificantes. Es cierto que siempre hay alguna razón que justifique un cambio, faltaría más. En positivo sería una llamada de nuestro Real Zaragoza. Y desde un punto menos edificante estaría una actitud similar a la que criticamos por parte del propio club. Si este solo quiere en sus instalaciones supuestas buenas figuras que lleva a “expulsar” a niños de sus equipos. O una relación tóxica de directivas, cuerpo técnico u otros padres. Pero todas estas razones tienen algo en común. La complicidad y petición del niño para jugar más y más a gusto en otro sitio. No para ser mejor en un club mejor. La experiencia nos dice que las llamadas de atracción de entrenadores y clubes se las lleva el cierzo con la misma facilidad que cambian los técnicos de escudo en su chándal. No creo que los contratos económicos “aten” al personal de un club. Así que ahora que se para el fútbol, tanto en el puente de la Constitución como en las fiestas navideñas, tengan cuidado con la reflexión del turrón futbolístico. Ya habrá pasado para entonces casi la primera vuelta. Habrá ilusiones cumplidas o no. Minutos jugados, de banquillo o desconvocado. Puede que haya que reajustar los objetivos del inicio de temporada. Pero no olviden que lo más importante lo siguen teniendo en casa. Hay algo más bonito que enseñar un museo de historia futbolística, protagonizarla.

José Mendi
Presidente de la Sociedad Aragonesa de Psicología Deportiva (SAPD)

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