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FUTBOL PROVOCADOR

 

FÚTBOL PROVOCADOR

 

Provocar es buscar una reacción de enojo en alguien irritándolo o estimulándolo con palabras u obras. Cuando hablamos de provocaciones en el deporte hacemos alusión al juego sucio. Salvo honrosas excepciones. Una de las provocaciones más educadas la vemos estos días en el mundial de rugby. La famosa “haka” con la que los jugadores de Nueva Zelanda comienzan los partidos. Una vieja frase decía que el rugby es un deporte de brutos jugado por caballeros y el fútbol es un deporte de caballeros jugado por brutos. Disculpen las chicas las palabras demasiado varoniles que la historia tendrá que actualizar para compartir una valoración que no discrimine a los sexos. El fútbol está lleno de provocaciones. Es una palabra que se utiliza con ligera porque tiene la capacidad mental de justificar todo. Los árbitros son insultados, a veces incluso agredidos, y hablamos de que es un colegiado al que le gusta “provocar”. El machismo utiliza esa palabra para justificar conductas denigrantes hacia la mujer. En las televisiones triunfan los provocadores que convierten debates en escenarios de barro audiovisual. Pero dan audiencia. Hay personas que buscan o necesitan un protagonismo que solo pueden adquirir provocando la respuesta de los demás en su contra.

 

Los humanos en general, y los latinos en particular, somos buenos provocadores. Hemos desarrollado esa habilidad que tiene un componente de “Lazarillo” y lo hacemos mucho mejor que las culturas germanas y nórdicas. Tiene bastante que ver el concepto religioso de culpa y pecado tan diferente de protestantes y católicos. Pero bueno no se trata de provocarles a ustedes aburrimiento con un pequeño tratado antropológico sobre el “provocadorismo”. Además, en el fútbol, sabemos perfectamente de qué hablamos. La provocación no es innata. Se aprende. Y por desgracia, se enseña. No es fácil ver a jugadores provocadores en el césped por debajo de los 12 años. Pero la adolescencia hormonal y mental suministra una energía imprescindible para que el jugador provocador obtenga la respuesta que busca. El tramo de 14 a 17 años es el idóneo para que esta modalidad de juego sucio aflore de forma aficionada. Pero es en los jugadores de las ligas regionales, laborales y profesionales donde se consolidan estos artistas de la marrullería como consagrados especialistas. El provocador suele ser un jugador gris, con tantas carencias deportivas como educativas. Con un complejo de inferioridad en el fútbol que le lleva a intentar conseguir por lo criminal lo que piensa que ya no va lograr por lo futbolístico. Busca a sus víctimas con sagacidad. Rehúye a los de su misma especie y olfatea con precisión a los contrarios idóneos para tenderles su trampa. Tiene buena memoria y recuerda a sus adversarios de los encuentros de ida para, una vez comprobada la respuesta inicial, esperarlos pacientemente al acecho en la vuelta. De su habilidad dependerá el éxito de su plan. Sabe acercarse lo suficiente al contrario pero tampoco demasiado. Tener el contacto justo para molestarlo sin que lo perciba el colegiado o sus compañeros. Es un gran vocalista. Grita a sus colegas en el juego pero en segundos cambia el volumen sonoro para decirle a su marcaje las mayores barbaridades con un tono que solo oye el insultado. Le gusta hablar de temas ajenos al fútbol. Comentarios sobre la familia, la novia y el sexo, sabe que tocarán el corazoncito de su adversario. A veces babea a distancia con una habilidad certera de camaleón. Llegados a este punto, el cabreo del jugador que lleva soportando desde el pitido inicial a este energúmeno que viste la camiseta rival ha llegado a su fin. Llega la ansiada respuesta que tanto ha deseado el provocador. Empujones, golpes, e insultos reclaman la atención del partido y del colegiado. El provocador cae malherido, sobre todo en su inexistente honor, y la víctima es expulsada, justamente. El equipo atacado pierde un valioso jugador y el equipo agresor tiene más posibilidades de ganar. Objetivo conseguido para este artista del juego sucio. Otra víctima espera al siguiente partido. Una historia que no por conocida se sigue repitiendo en demasía. Y con muchos responsables. Primero los entrenadores que enseñan ese otro fútbol sucio para ganar con la falsa excusa de que todos lo hacen y hay que competir en igualdad de circunstancias sucias. Cuando ese comportamiento se instala es muy difícil de evitar. Pero además cuando se enseña y desarrolla ese tipo de conductas es porque ya se hacen o se harán fuera del césped. Estamos fomentando la violencia. Aquí no hay obediencia debida si alguien quiere enseñar este tipo de fútbol. Los dirigentes de los clubes, los árbitros y la federación deben estar vigilantes para ir más allá de las sanciones y controlar el fútbol sucio que no se ve. Por cierto, un paréntesis para la Federación. ¿No hubiera sido mejor descansar este puente de la competición, para conciliar el fútbol con la vida? Sigo con el artículo. Es posible aprender a responder de una forma efectiva a este tipo de agresiones provocadoras. Lo primero es ser consciente de la existencia de este tipo de personajes y tácticas. Segundo, priorizar las respuestas racionales sobre las emocionales. Si hay algo que molesta y perturba a estos sujetos barriobajeros del esférico es la habilidad e inteligencia de un adversario que no cae en su trampa, se ríe de sus provocaciones y le señala que si recurre a esto es porque muy poco tiene que ofrecer en sus pies. El humor es capaz de desactivar bombas de agresividad, si lo usamos con educación e inteligencia. Por último, desde la psicología deportiva aplicamos técnicas cognitivas y sensoriales que consiguen el control de la tensión, lo que llamamos auto control emocional, para desviar y desactivar la carga de respuesta incontrolada, en positivo, hacia una mejora del rendimiento deportivo. El fútbol necesita más “hakas” y menos jetas.

 

 

       José Mendi

            Presidente de la Sociedad Aragonesa de Psicología Deportiva (SAPD)

 

 

 

 

 

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