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FUTBULLYING

FUTBULLYING

Disculpen el título. Me gusta inventar palabras que, aunque inexistentes, quizás definan la realidad mejor que el diccionario. Para hablar del acoso escolar los psicólogos utilizamos, erróneamente, este anglicismo. Hay acoso cuando se produce maltrato, ya sea físico, verbal o psicológico, de forma repetida en un tiempo determinado. Lo habitual es que se dé en el aula o en el entorno escolar y,  cada vez más, en las redes sociales. Se ha mejorado la concienciación social contra el acoso gracias a campañas en los colegios en colaboración con la policía y psicólogos. Pero se siguen produciendo episodios de acoso con graves secuelas físicas, psicológicas y educativas en niños y niñas de diferentes edades. Si a esto sumamos las consecuencias penales que conlleva el acoso, en las circunstancias más graves y delictivas, vemos que todavía  queda mucho por hacer. En el fútbol base hay situaciones de acoso. Lógico, el campo de hierba es una extensión del ámbito escolar y familiar. Observamos dos tipos de conductas que pueden darse tanto conjuntamente como por separado: las que ocurren dentro del vestuario y las que se dan en el terreno de juego. Ambas comparten una serie de conductas de acoso y se retroalimentan, y al evidenciarse en el juego, o en los entrenamientos, nos indica que algo inusual está ocurriendo. Las conductas que más señalan la existencia de “futbullying” son el aislamiento y la marginación, el hostigamiento, la manipulación, la coacción e intimidación y las amenazas. Las víctimas ocultan dichos episodios  por vergüenza o por miedo a represalias. Pero un desinterés abrupto por el fútbol, un malestar de apariencia física sin causa objetiva e incluso una bajada de rendimiento escolar, apetito y un sueño no reparador pueden darnos pistas. Por otra parte tenemos otro tipo de acoso, más sibilino, que se da a la vista de todos. El que lleva a excluir del equipo, deportivamente, a uno o varios de sus miembros. Pero no confundamos al “chupón” con el “marginador”. El primero se corrige gracias a los entrenadores para que pase de “sobar” balón a “reflexionar banquillo”. Son niños y el balón es “SU” balón. Normal. Otra cosa es que un jugador ponga por encima de su egoísmo la exclusión de otro compañero. No es que él quiera meter el gol. Es que, ante todo, prefiere que lo meta cualquier otro antes que el “señalado”. Y eso es muy diferente. Aquí el cuerpo técnico y el club deben anteponerse a las necesidades futbolísticas. Deben cortar de raíz ese comportamiento por mucho que suponga no contar con dicho jugador. La prioridad del grupo y del equipo debe anteponerse. Otro escenario que vemos en los terrenos es la existencia de núcleos cerrados, dentro de un equipo, confrontados a jugadores u otros grupos. Lo que llamamos “el comportamiento secta” que suele darse entre jugadores de primer y segundo año que tienden a apartarse y evitar el funcionamiento en común. Muchas veces porque sienten que tienen intereses diferentes y contrapuestos, tanto en lo personal como en lo deportivo. La obligación del club y de los entrenadores es detectar y corregir esas situaciones, si es necesario incluso con el cambio de equipo.

También es justo señalar un aspecto positivo desde el deporte. Muchas veces el fútbol nos permite deducir la existencia de acoso en la escuela de la que se “libera” el niño gracias al club donde tiene otros amigos y un grupo que le acoge. Cualquier situación de acoso debe ponerse de manifiesto y ser analizada con prudencia pero con interés. Padres y madres son los primeros responsables en comunicar y colaborar con los responsables deportivos porque así ayudarán a su hijo. Ya sea éste víctima o agresor. También debemos vigilar comentarios “inocentes” en los que trasladamos, sin querer, a nuestro hijo lo “malo” que es un determinado compañero. Quizás intentemos salvar a nuestro hijo, pero condenamos a su compañero y al equipo. Y él también va incluido ahí.

Finalmente una solución eficaz para evitar el “futbullyng”. La psicología ha proporcionado una figura que está funcionando muy bien en los institutos contra el acoso escolar. Me refiero al “mediador”. Son chicos y chicas que ejercen un papel de arbitraje y confianza entre iguales. Un joven se puede abrir más fácilmente ante alguien de su edad, que sin pertenecer a su familia, tiene esa cercanía día a día en su equipo de fútbol. Y no, no debe ser el capitán. Una cosa es el liderazgo futbolístico y otra el liderazgo social Y no siempre van de la mano. Sería bueno que los equipos eligieran al inicio de temporada un mediador. Sólo el hecho de su existencia y de explicar para qué se elige ya tiene un efecto de prevención. Y, por supuesto, este es un tema que compete al área de psicología deportiva del club en íntima colaboración con el cuerpo técnico y la directiva y, si es posible, en colaboración con el ámbito escolar para solucionar de forma mancomunada un problema que a todos nos compete.

 

José Mendi

Psicólogo y Presidente de la Sociedad Aragonesa de Psicología Deportiva (SAPD)

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