Solo futbol base

PERDIMOS TODO. GANAMOS TODOS

PERDIMOS TODO, GANAMOS TODOS

José Francisco Mendi

Psicólogo

Presidente de la Sociedad Aragonesa de Psicología Deportiva (SAPD)

Sólo se puede perder lo que se tiene. Desde que nacemos nos quejamos en forma de lloros por lo que queremos y no tenemos. Sentimos hambre, tenemos frío o calor, nos duele algo, queremos dormir o estamos incómodos porque tardan demasiado en cambiarnos el pañal. Lloramos y nos rebelamos contra esa carencia o pérdida. Gracias a estas respuestas tan primitivas como universales hoy estamos vivos. Crecemos, maduramos y convivimos con estímulos mucho más complejos. Pero también forjamos nuestra personalidad gracias a respuestas elaboradas que aprendemos cuando nos socializamos. Es ese aprendizaje en común, ya sea en la familia, la escuela, la calle o el deporte, el que fortalece nuestra capacidad de convivir con nuestro entorno. A la herencia recibida con los genes de nuestros ascendientes se suman los aprendizajes del mundo real en todos esos ambientes. De ese todo indivisible surge nuestra identidad, Aquella en lo que nos reconocemos y por lo que nos reconocen los demás. Unos, desde muy cerca, que comparten algo o mucho de dichos factores. Una familia por ejemplo. Otros, sólo una parte. Una clase del colegio, una pandilla de amigos, un equipo de fútbol…Disculpen la introducción pero creo que puede ser la mejor manera de comenzar esta nueva e ilusionante temporada 2018-2019.

 

Con muy buen criterio, los premios “balón de oro del fútbol base aragonés” entregaron el pasado mes de junio unos galardones de honor a diversos equipos y personas por sus especiales méritos en ese ámbito durante la pasada temporada. Entre dichos reconocimientos destacaron los otorgados a equipos que pusieron por encima de sus resultados los valores del deporte, la amistad y el aprendizaje en unas condiciones en las que la competitividad oscurece el brillo de la superación personal y colectiva frente a la adversidad. Por eso quiero enlazar el acierto y el éxito de aquella clausura de premios con la apertura de las competiciones en el fútbol base aragonés. Para hablar y dedicarles, en particular, a todos los jóvenes futbolistas, chicos y chicas, unas líneas de apoyo y ánimo por muy difícil que sea el camino que ahora comienzan sobre el césped en el conjunto de los clubes de Aragón. Van a disfrutar pero también sufrir con este maravilloso deporte que es el fútbol, competitivo en exceso aunque le llamemos “base”, y conviene por ello recordar estos conceptos del crecimiento, del aprendizaje y de la vida en general.

 

Las niñas y los niños que juegan al fútbol  comienzan a competir muy temprano (5-6 años). Es decir que quieren ganar, meter más goles y salir victoriosos de cualquier escarceo ya sea en el patio del colegio o en una liga formal con carácter federativo. Lógico y extensible a cualquier actividad en general. El comportamiento naturalmente animal de estos pequeños hace que sepan perfectamente ganar, pero deben aprender a competir. Y es aquí donde la figura de los maestros deportivos, los entrenadores, cobra una especial relevancia. La enseñanza en el fútbol formativo es técnica, pero también física, táctica y, sobre todo, social. Lo es además en dos vertientes. Primero, en cuanto a un grupo que establece sus propias reglas de comportamiento, integración y jerarquía. Lo hace en el seno del equipo que conforman. Pero es que, además, también se desarrolla este aprendizaje con respecto a otros grupos-equipos del mismo club o del resto de contrincantes en una competición de liga. Desde la psicología deportiva incidimos en la importancia de esta última formación grupal que acompaña y ayuda al éxito deportivo con independencia de los resultados.

 

La cohesión del equipo y la información que se transmita por parte del club y, especialmente, de sus entrenadores, son fundamentales. De la confianza mutua que se establezca entre las familias, el club, el equipo y los niños dependerá en buena medida un resultado positivo para todos. Y el mejor premio a esta labor es el crecimiento, la mejora deportiva y grupal y el reconocimiento a un método que acabará dando sus frutos. Es el momento de invertir para recoger la cosecha en un futuro. Es cierto que hay categorías que arrastran la maldición de unas palabras como “preferente y honor” que dificultan este proceso pausado de aprendizaje formativo. De ahí la importancia de transmitir y compartir los objetivos al inicio de temporada. Máxime cuando los profesionales de un club son conscientes de la dificultad de los rivales, de la diferencia de edad que en niños supone ser de primer o segundo año, de competir en un equipo de chicas en una liga llena de chicos o, sencillamente, de no tener este año la mejor “hornada” de pequeños futbolistas. Hablamos de procesos naturales sin entrar, en este momento, a valorar políticas agresivas de fichajes, ya sean activas por parte de los clubes o pasivas a cargo de padres inquietos, que destruyen en unos días el trabajo y el crecimiento de meses y años con compañeros y amigos.

 

Con este objetivo de confianza común, podemos abordar en el equipo un aprendizaje humano y deportivo que supere las derrotas permanentes de una temporada encaminada al posible fracaso “resultadista” en forma de descenso. Es más, podemos y debemos transformarla en un éxito de crecimiento. La fortaleza de estos equipos, de estas pequeñas personas pero grandes deportistas es una garantía para su futuro. Salir al campo sabiendo que lo más probable es que pierdas, pero hacerlo con la seguridad de competir, no sólo ayuda a crecer sino fortalece la autoestima gracias a la dignidad trabajada, y ganada, en cada derrota. Esto se enseña y se aprende. Vemos cada año, desde la primera jornada, equipos con debilidad deportiva pero con una fortaleza grupal que salen cada sábado a jugar con el orgullo sobresaliendo por su camiseta. Los demás cuentan con sus puntos. Ellos cuentan con su aprendizaje. Tienen el apoyo de sus familias, el cariño de su club y se ganan el respeto de los adversarios. Y eso es ganar mucho. O mucho más que muchos. También es cierto que hay una edad crítica para aprender y enseñar esto. Más allá de los 16 años va a ser muy difícil inculcar esta impronta si no se ha vivido antes. En la adolescencia es más fácil y cómoda la huida. Influyen otros factores y a la facilidad de perder se suman otros estímulos ajenos al deporte que junto a las derrotas acaban por expulsar, a través del abandono, a nuestros jóvenes del fútbol. De ahí que debamos tener muy en cuenta en los clubes a los equipos con dificultades. Es ahí donde el esfuerzo y la superación destacan como un valor del deporte. Aprendamos, compartamos, hablemos y sepamos lo que nos espera ahí fuera la próxima temporada. Esa anticipación en la información, los objetivos reales, la categoría etc. es la mejor herramienta para evitar la frustración de niños, equipos y padres. Y tendremos que recordarlo, y fortalecerlo, en el transcurso de la competición con ese apoyo y comprensión común. De esa manera podremos decir, con deportiva dignidad, al finalizar la competición que perdimos todo pero, sobre todo, ganamos todos.

 

Zaragoza, septiembre de 2018

 

José Francisco Mendi

Psicólogo

Presidente de la Sociedad Aragonesa de Psicología Deportiva (SAPD)

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